El despertar, la iluminación, el satori, el nirvana...
Publicado: 20 Jul 2022 15:45
Retomo aquí una conversación iniciada con @Daido en el hilo "¿Theravada vs Zen?", cuya intención era simplemente hablar del ecumenismo budista (quién desee ver por tanto los antecedentes de este hilo, puede acudir allí).
De nuevo pienso que la conversación había derivado hacia otras cuestiones, y creo (se trata, ciertamente, de una opinión personal) que es conveniente en espacios virtuales de debate como este, ceñirse a los temas para que los están los distintos hilos, y cuando se desee hablar de algo nuevo
La cuestión en debate, en líneas muy generales, era la concepción de despertar (y sus distintos sinónimos) dentro del Zen y sus distintas escuelas (ya que dentro del Zen existe varias escuelas).
Como introducción a estas diferentes escuelas (para quien lo desconozca), en líneas muy, muy generales puede decirse que existen mayoritariamente dos escuelas (que tendrán después derivadas como la esc. Obaku, la Sambo Kyodan, etc.), denominadas, en el siglo XII, la Escuela de la iluminación silenciosa (Mokusho Zen) y la Escuela de la iluminación a través de las palabras (Kanna Zen). También conocidas como escuela Caodong/Soto (aprox. a partir del s. VIII) y la escuela Linji/Rinzai (a partir del s. X). La primera pone el acento sobre la práctica del zuochang/zazen, mientras que la segunda lo pone sobre los gōng'àn/koan (especialmente a partir del s. XII, con Dahui Zonggao, que sistematizo su estudio, sistematización que fué despues ampliada en Japón por Hakuin Ekaku, s. XVII-XVIII).
De una manera poética, Uchiyama roshi, perteneciente a la escuela Soto, dice que en el rinzai el despertar es como una tormenta, que descarga y te empapa de golpe, mientras que en el soto es como una lluvia débil y persistente (chiri-miri, diría en el norte de España), que apenas notas de entrada, pero que después de un rato te ha calado hasta los huesos.
En estos momentos me encuentro revisando mi traducción de un libro de Giuseppe Jiso Forzani, sobre Dogen (máxino exponente de la denominada escuela Soto en Japón), y me encontrado este párrafo inspirador, que me ha parecido oportuno transcribir aquí:
En el budismo no encontramos una realidad absoluta, inmutable, exterior a sí mismo a la que referirnos. [...] Del sí mismo todo lo que se puede decir es que es aquello que es. No existe nada fuera del sí mismo, no hay un antes y un después del sí mismo original.
«Satori»,«nirvana», la perfección que no puede ser superada, los distintos términos con los que es indicada la realidad última, no indican una condición particular a alcanzar, una realidad separada e inmutable a la que hacer referencia, sino la realidad misma de la vida del sí mismo, en la que nada falta desde el origen sin origen y en la que yo participo integralmente. La diferencia entre mi yo que separa, opina, elige, entre el llamado pequeño yo y el sí mismo, el yo original, se debe exclusivamente al punto de vista desde el que observo, al punto de vista de la separación que me impide ver la realidad con ojos limpios y siempre nuevos. Por otra parte el malestar debido a esta actividad discriminatoria es el resorte que me empuja a buscar el volver a aquella realidad sin límites del sí mismo original, de la que nunca he estado separado.
Esta actividad de regreso al sí mismo, de re-profundización en la vida del sí mismo, es la actividad necesaria de cualquiera que haya abierto los ojos a la realidad de las cosas tal y como son.
De nuevo pienso que la conversación había derivado hacia otras cuestiones, y creo (se trata, ciertamente, de una opinión personal) que es conveniente en espacios virtuales de debate como este, ceñirse a los temas para que los están los distintos hilos, y cuando se desee hablar de algo nuevo
La cuestión en debate, en líneas muy generales, era la concepción de despertar (y sus distintos sinónimos) dentro del Zen y sus distintas escuelas (ya que dentro del Zen existe varias escuelas).
Como introducción a estas diferentes escuelas (para quien lo desconozca), en líneas muy, muy generales puede decirse que existen mayoritariamente dos escuelas (que tendrán después derivadas como la esc. Obaku, la Sambo Kyodan, etc.), denominadas, en el siglo XII, la Escuela de la iluminación silenciosa (Mokusho Zen) y la Escuela de la iluminación a través de las palabras (Kanna Zen). También conocidas como escuela Caodong/Soto (aprox. a partir del s. VIII) y la escuela Linji/Rinzai (a partir del s. X). La primera pone el acento sobre la práctica del zuochang/zazen, mientras que la segunda lo pone sobre los gōng'àn/koan (especialmente a partir del s. XII, con Dahui Zonggao, que sistematizo su estudio, sistematización que fué despues ampliada en Japón por Hakuin Ekaku, s. XVII-XVIII).
De una manera poética, Uchiyama roshi, perteneciente a la escuela Soto, dice que en el rinzai el despertar es como una tormenta, que descarga y te empapa de golpe, mientras que en el soto es como una lluvia débil y persistente (chiri-miri, diría en el norte de España), que apenas notas de entrada, pero que después de un rato te ha calado hasta los huesos.
En estos momentos me encuentro revisando mi traducción de un libro de Giuseppe Jiso Forzani, sobre Dogen (máxino exponente de la denominada escuela Soto en Japón), y me encontrado este párrafo inspirador, que me ha parecido oportuno transcribir aquí:
En el budismo no encontramos una realidad absoluta, inmutable, exterior a sí mismo a la que referirnos. [...] Del sí mismo todo lo que se puede decir es que es aquello que es. No existe nada fuera del sí mismo, no hay un antes y un después del sí mismo original.
«Satori»,«nirvana», la perfección que no puede ser superada, los distintos términos con los que es indicada la realidad última, no indican una condición particular a alcanzar, una realidad separada e inmutable a la que hacer referencia, sino la realidad misma de la vida del sí mismo, en la que nada falta desde el origen sin origen y en la que yo participo integralmente. La diferencia entre mi yo que separa, opina, elige, entre el llamado pequeño yo y el sí mismo, el yo original, se debe exclusivamente al punto de vista desde el que observo, al punto de vista de la separación que me impide ver la realidad con ojos limpios y siempre nuevos. Por otra parte el malestar debido a esta actividad discriminatoria es el resorte que me empuja a buscar el volver a aquella realidad sin límites del sí mismo original, de la que nunca he estado separado.
Esta actividad de regreso al sí mismo, de re-profundización en la vida del sí mismo, es la actividad necesaria de cualquiera que haya abierto los ojos a la realidad de las cosas tal y como son.